Capítulo 1. QUIERO SER YO MISMO

Hace tiempo, y a partir de mi experiencia clínica, llegué a la conclusión de que toda persona que quiera ser un adulto completo, libre y auténtico debe haber superado 4 pasos de madurez. Estos pasos son: Aprender a estar solo, aprender a decepcionar, aprender a renunciar y salir del armario.

ESTAR SOLO o quedarse solo quizás sea uno de los miedos más presentes en nuestra sociedad. Las personas somos capaces de hacer cualquier cosa para evitar la soledad, si la tememos. Nos podemos volver compulsivos y frenéticos para estar siempre distraídos y no sentirnos solos. Podemos tomar drogas como fumar porros, beber alcohol, tomar cocaína, tranquilizantes u otras substancias. Podemos engancharnos al televisor o a Internet a la que aparece un momento de soledad. Podemos soportar relaciones insatisfactorias incluso tóxicas de pareja o amistad antes que pasar un día solos, y mucho menos antes que plantearnos un futuro solos. No sé si realmente somos conscientes del precio que se paga por evitar la soledad. Vendemos nuestra esencia, nuestra felicidad y nuestro destino por no vivir esa sensación de soledad.
Muchos lectores pensareis: “Pero estar solo es terrible”. Es importante diferenciar entre ESTAR SOLO y SENTIRSE SOLO. Sentirse solo es terrible, estar solo no. Incluso es agradable, regenerador y necesario. Muchas personas duermen solos en otra habitación porque su pareja ronca, se mueve o molesta porque el descanso real, el que regenera de verdad, es el descanso en el que absolutamente nadie nos molesta. Estar solo es como dormir a tus anchas, un gustazo. Cuando uno está solo hace las cosas exactamente como quiere. Camina a su propio ritmo, va a donde le interesa o donde necesita, come lo que quiere, hace lo que quiere sin adaptarse a nadie. Esto a cualquier persona le hace sentirse libre y relajado. Quizás las personas que han crecido en relaciones muy dependientes de sus padres o cuidadores van a vivir la experiencia de estar solos como una angustia extrema. Eso refleja una inmadurez patológica que debe ser corregida muy probablemente con ayuda profesional para desarrollar la propia seguridad interior que ha quedado anulada por los padres o cuidadores. Pero eso son casos particulares, la mayoría de los adultos tenemos los recursos internos necesarios para disfrutar de los momentos donde estamos solos.
Las separaciones matrimoniales son muy frecuentes en nuestra sociedad y han producido un fenómeno social que es la aparición de los “padres y madres solteros”. Los matrimonios con hijos, tanto si tienen custodia compartida como única, se encuentran con que ciertos días de la semana y/o fines de semana al mes pasan de ser padres o madres a ser solteros con un montón de horas para sí mismos. Muchas veces los primeros días o fines de semana en que están solos esos padres o madres sienten pánico o un profundo desgarro emocional por estar solos tantas horas. El pasar de la intensidad, el ruido y el estrés de la vida familiar al silencio y la calma de estar solo es muy chocante y muy duro. Pero conforme van viviendo o mejor dicho “sobreviviendo” esos primeros días, la desesperación va desapareciendo y descubren que pueden disfrutar de un tiempo sin estrés y sin demandas. Pueden volver a levantarse tarde ¡Impensable con hijos! Pueden volver a tener vida social como hombres o mujeres (no como padres o madres). Recuperar actividades o descubrir otras nuevas. Un mundo nuevo enriquecedor e inesperado se ha abierto camino. Lo que parecía un vacío desgarrador resultó ser una página en blanco donde crear algo para mí, según mis deseos y mis necesidades ¡Genial! Ninguno de ellos hubiera escogido pasar por la angustia inicial de sentirse solos pero todos ellos agradecen el nuevo espacio personal que han ganado. Porque esos días de solteros disfrutan y sobretodo descansan.
Estar solo es la mejor oportunidad para atenderme, para disfrutar según mis propios deseos y para descansar. Y esto se aplica tanto a estar una tarde, un día o un fin de semana solo, como a estar sin pareja. Cuando no tenemos pareja podemos sentir que nos falta amor y compañía o podemos disfrutar de todas las fuentes de amor y compañía que nos rodean. ¡Ojo! ¡No estoy hablando de promiscuidad! Estoy hablando de abrirse al mundo, a las experiencias agradables que podemos vivir sin necesidad de estar en pareja. De hecho ciertas cosas no las podemos hacer cuando tenemos pareja. O bien porque no tenemos tiempo, o bien porque priorizamos nuestro dinero y nuestras actividades de forma diferente. Seguro que conocéis muchas personas que pierden mucha vida social cuando están en pareja (quizás vosotros mismos). O que dejan aficiones interesantísimas y enriquecedoras. Pues si volvemos al estado de soltería podemos recuperar todas esas cosas y además invertir nuestra energía, nuestro tiempo y nuestro dinero en nosotros mismos. ¿Por qué? ¡Pues porque lo valemos! Es más, no hay nadie más atractivo en el mundo que aquél que disfruta de su soltería con alegría y soltura (recordad a George Clooney que fue soltero de oro hasta sus 53 años, aunque él tenía el plus de la elegancia, la belleza, la fama, el carisma…). Sacar provecho de la soltería, vivirla con alegría y positividad aumenta las probabilidades de tener relaciones sanas y plenas. Agobiarse y ponerse a buscar pareja en modo “caza desesperada” aumenta las probabilidades de tener relaciones desastrosas porque me quedo con lo primero que aparece sin discernir si realmente estar con ese tipo de persona me va a hacer feliz. Aquí aprovecho para recomendar la lectura de libros de autoayuda sobre relaciones de pareja. Los hay de muy amenos, inspiradores y reveladores como “SI SOY TAN BUENA, ¿POR QUÉ ESTOY SOLTERA?” de María Marín o “MANUAL PARA NO MORIR DE AMOR” de Walter Riso. Donde encontraréis muchos consejos para no caer en las trampas que nos llevan a empezar relaciones de pareja insanas o tan pobres que no valen para nada.
Esto nos lleva al segundo concepto: SENTIRME SOLO. Si mi pareja o mis compañías no son adecuadas para mí lo que me sucederá es que me sentiré solo. Esa sensación sí que es angustiante y deprimente. Os puedo asegurar que hay mucha gente, muchísima, con pareja que se sienten profundamente solos. La falta de complicidad, de intimidad y de ternura crea un vacío entre esas parejas que puede resultar en una condena de cadena perpetua de soledad. Y también la falta de buenas amistades nos encierran en relaciones superficiales o falsas que nos hacen sentir solos. En estas situaciones es mucho mejor quedarse solo de verdad, dejar marchar esas relaciones vacías y dejar espacio para otras nuevas y mejores. Puede dar vértigo, miedo, incluso descubrir sentimientos de autodevaluación del tipo “no encontraré nadie que me quiera”, “no soy nada interesante para hacer amigos”, “aun gracias que tengo a esta/estas personas”… Todo eso es normal. Después de tanto tiempo de vivir en carencia emocional a uno le queda el corazón como una uva pasa y todo lo que siente es negativo. Puede llegar a creer que la felicidad existe pero no para él. Pues si te sientes así te voy a dar una noticia interesante: todos los seres humanos MERECEMOS Y PODEMOS ser felices, eso te incluye a ti. Las relaciones donde te sientes solo son un impedimento para que conquistes tu propia felicidad. Trabaja en ser cada día más independiente, en sentirte a gusto haciendo ciertas cosas solo, en despertar tus capacidades y reforzar tu autoestima y llegará un momento en que te sentirás fuerte para dejar marchar esas relaciones vacías o falsas y empezar otras nuevas y mejores.

El siguiente paso de madurez, el siguiente paso para SER YO MISMO, es APRENDER A DECEPCIONAR. Educacionalmente a la mayoría de nosotros nos han enseñado que decepcionar es malo o conflictivo. Ni nos gusta decepcionar, ni nos gusta que nos decepcionen. Pero vamos a plantearnos con detenimiento qué tiene de malo decepcionar y qué tiene de bueno no decepcionar. DECEPCIONAR tiene de malo que la persona o personas a quien decepciono se pueden molestar conmigo, retirarme su afecto o enfadarse gravemente y castigarme con su rechazo o con su hostilidad. Sí, claro que eso puede pasar. Sobre todo si la persona a la que he decepcionado es exigente o tiene un carácter dominante. En ese caso decepcionar puede llevar a una situación bien tensa y fea. NO DECEPCIONAR tiene de bueno que evito crear conflictos y vivir el rechazo de los demás. Eso suena a cordialidad y paz entre todos. ¿Pero qué ocurre cuando mis necesidades personales o mis deseos más naturales y sinceros pueden ser decepcionantes para los demás? Entonces deberé escoger entre NO DECEPCIONAR A LOS OTROS o SER YO MISMO.

Laura, una mujer encantadora de 37 años, está casada y tiene 2 hijos. Su marido está convencido de que ella debería priorizar el cuidado de su familia por encima de cualquier otra cosa en la vida. Laura es una madraza y ama a su marido pero ser únicamente madre y ama de casa la deprime profundamente porque su naturaleza es más inquieta y tiene un fortísimo sentido del servicio a la comunidad. Así que a ella le gustaría encontrar un trabajo de media jornada asistiendo a abuelos sin apoyo y sin compañía pero su marido no está de acuerdo con este plan porque perjudicaría a la atención de Laura sobre sus tareas domésticas. Laura se encuentra entonces en un dilema: Decepcionar a su marido y llevar adelante su plan de trabajar media jornada o complacer a su marido, olvidar sus ambiciones personales e intentar con resignación que su día a día en casa limpiando y cocinando sea menos deprimente. ¡Menuda situación! Hay otra cosa a tener en cuenta, Laura puede tener una actitud resignada pero os aseguro que el alma de esa mujer no tiene ni un pelo de resignación y sufre profundamente. No es casualidad que Laura sufra de fibromialgia, su cuerpo está expresando el dolor que carga en su alma prisionera.
Esta situación a la que ha llegado Laura es bastante frecuente. Al principio nos sabe mal decepcionar por no causar enfados así que cedemos y nos adaptamos. Poco a poco nos vamos acostumbrando a dejar nuestras opiniones, necesidades, y ya no digo deseos, a un lado. Con el paso de los años estamos metidos en un estilo de vida “a imagen y semejanza” del otro del que yo prácticamente soy el escudero, como Don Quijote y Sancho Panza.

Pero el miedo a decepcionar no solo ocurre con la pareja también podemos tener miedo a decepcionar a la familia. Cuantas veces las esposas se quejan de que el marido cuando está con su madre pierde carácter y se deja manipular por ella. Es el clásico y tópico del conflicto entre suegras y nueras pero puede ser cualquier hijo o hija del mundo. Yo siempre digo que si una persona no ha decepcionado ni una sola vez a sus padres esa persona no es adulta. Para que se entienda, no se trata de ir a fastidiar o contradecir a los padres. Pero nosotros somos una generación diferente a la de nuestros padres, con influencias diferentes, ambiciones distintas, otros valores y prioridades. Además estamos en diferentes momentos de vida, los padres siempre van a estar bastantes años por delante y por lo tanto con una visión sobre las cosas diferente a la nuestra. Es prácticamente imposible que nosotros pensemos, sintamos y necesitemos igual que ellos, así que algunas de las decisiones que tomaremos a lo largo de nuestra vida obviamente romperán sus esquemas o sus expectativas. ¿Cuántas familias habrán discutido fuertemente por la sucesión del negocio familiar cuando los hijos confiesan que tienen sus propios planes de vida? O cuando informan de que se van a vivir con su pareja sin casarse. Yo misma tuve largas conversaciones con mis padres intentando que comprendieran que vivir de alquiler en vez de comprar una propiedad no era una tragedia sino mi libre decisión.
Decepcionar a los padres es tan inevitable como sentirnos decepcionados por nuestros padres. Es Ley de Vida. Nuestros hijos nos decepcionarán y se sentirán decepcionados por nosotros. Y no hay que hacer un drama de esto sino vivirlo como un salto de madurez. Reconocer que estoy reafirmando quien soy ante las personas más importantes de mi vida. Y si para ello atravesamos por un momento de tensión pues no pasa nada, esa tensión también acabará y yo me sentiré adulto y auténtico en mi relación con mis padres.

Murali es un amigo indio con quien estudié mi especialidad en el Reino Unido y a quien quiero profundamente. Su familia llevaba años buscándole una pareja de conveniencia como dicta su cultura pero él tenía claro que se casaría con una mujer británica. Cuando hablábamos del tema siempre decía: “Yo sé que cuando me niegue a casarme por conveniencia mis padres se enfadarán conmigo y estarán años sin hablarme, dos, tres o cuatro años, no sé cuánto tiempo. Pero también sé que no les durará para siempre. Tarde o temprano me aceptarán” Él entendía que si quería vivir su propia vida tenía que atravesar esta gran decepción para sus padres. Curiosamente un día sus padres le informaron de que habían encontrado a la candidata ideal para él y que ella estaba muy ilusionada. Murali dijo a sus padres que no le interesaba pero que hablaría personalmente con la chica para explicarle sus razones y evitar en lo posible herir sus sentimientos. Ese fin de semana la llamó y estuvieron hablando por teléfono…. ¡5 horas! Mi amigo quedó prendado de la simpatía y la dulzura de Shalini. A la primera oportunidad que tuvo viajó a la India para conocerla y convertirse en el novio más cariñoso del mundo. Se casaron al cabo de un año y ahora tienen 2 niños. ¡Cómo es la Vida…! Él me dio una gran lección de madurez y de humildad.

Cuando el problema de tener miedo a decepcionar se presenta con amigos la situación es grave. Porque los vínculos con los padres y la pareja son mucho más fuertes que con los amigos. Es cierto que ciertas amistades pueden ser más fuertes que los vínculos familiares pero por lo general las relaciones de amistad son más independientes a nivel emocional. Cuando una persona siente una gran inseguridad al decepcionar a una amistad suele ser porque esa amistad es muy intolerante y tiende a enfadarse fácilmente, o porque esa persona sufrió maltrato por parte de otros niños en su infancia, o las dos cosas a la vez. De hecho las experiencias de humillación, maltrato y castigo en la infancia traumatizan a la persona y la vuelven insegura y vulnerable de manera que teme profundamente el conflicto y la confrontación por lo que no se ve capaz de ser ella misma si esto significa decepcionar a los demás y provocar su rechazo. En estos casos estas heridas deben ser sanadas y se debe recuperar la confianza en uno mismo y en los demás. Pero de eso hablaremos más adelante.

El tercer paso hacia la madurez es APRENDER A RENUNCIAR. Vivimos en una sociedad orientada a la satisfacción personal. Todos queremos más de lo que tenemos. Más dinero, más tiempo libre, más diversión, más pasión, más belleza, más éxito, más suerte,… En un mundo donde la felicidad es TENER, RENUNCIAR es una tortura. Pero por desgracia en la vida nos vamos a encontrar frecuentemente con dilemas que sólo vamos a poder resolver renunciando a una opción. Si quiero tener salud voy a tener que renunciar a fumar. Si no quiero que me pongan multa voy a tener que renunciar a beber alcohol antes de conducir. Si quiero que mis hijos aprendan buenos hábitos voy a tener que renunciar a mis malos hábitos. Si quiero estar más relajado voy a tener que renunciar a ser tan exigente… La base de estos dilemas es siempre la misma: HAGO LO QUE ME APETECE O HAGO LO QUE ME CONVIENE. La diferencia entre el niño y el adulto maduro es que éste último es capaz de hacer lo que conviene por encima de lo que apetece. Y hace esto renunciando a su apetencia natural. Aquí alguien podría decir: “Pero si quiero ser yo mismo tengo que hacer lo que me apetece en vez de reprimirme”. Sí, claro. Se tiene que ser uno mismo, pero uno mismo maduro y responsable. Daré prioridad a mi apetencia cuando ésta sea sana y respetuosa conmigo mismo y con mi entorno. Darle una paliza a otra persona por gusto (como ocurrió este año entre las aficiones de los equipos de fútbol del Atlético de Madrid y del Deportivo de la Coruña) no es ser auténtico, es ser violento. Así que para ser uno mismo lo primero es alcanzar un mínimo de madurez como ser humano y para ello ser capaz de renunciar a los hábitos insanos y a los impulsos infantiles es, no solo necesario, sino primordial.

Algunas personas encuentran muy difícil domar sus instintos y renunciar a lo que no conviene. Esto suele suceder a las personas más viscerales y pasionales. Explican claramente: “Yo sé lo que tengo que hacer pero no lo consigo, siempre acabo cayendo en mi impulso otra vez”. Las personas más mentales utilizan argumentos positivos para motivarse y llevar a cabo su decisión ante el dilema. Esto nos da una pista importante de cómo podemos dar este paso de madurez: creando un diálogo interno. Tenemos que hablar a nuestro niño interior que dice “¡Quiero, quiero, quiero! ¡Ahora, ahora, ahora!” para no crear un pulso interno sino para crear un proceso de madurez. Tenemos que negociar con ese niño interior pequeñas renuncias que servirán para generar una sensación de logro agradable que refuerce esa actitud de ir conquistando. Podemos negociar estar 1 día sin fumar, o hacer una dieta que sea más flexible, o empezar cediendo a una exigencia menos importante.
Gabriela, una ejecutiva muy eficaz y responsable, pecaba de ser demasiado exigente. Esto la tenía en siempre en tensión, con dolores musculares y con una sensación de frustración constante porque cuando no fallaba una cosa fallaba otra en su mundo “supercontrolado”. Trabajamos esa exigencia suya a partir de contener sus ganas de controlarlo todo pero como se le hacía algo tan sumamente difícil empezamos por algo muy pequeño: las pinzas de la ropa. Gabriela tenía el hábito, y la necesidad, de emparejar las pinzas de tender la ropa por colores. No podía colgar una pieza de ropa con dos pinzas de diferente color. Si lo hacía se sentía tan incómoda que no podía relajarse hasta que las cambiaba. Gabriela aceptó intentar renunciar a ese control aunque tuviera que atravesar un rato de malestar. No le fue fácil pero lo consiguió y eso abrió una puerta de esperanza. Si Gabriela podía renunciar a ese control podría renunciar a otros y finalmente moldear su carácter para ser más flexible.
Cualquier persona que me conozca sabe que yo soy una persona muy impaciente. Desde que nací cuando algo se me mete en la cabeza salto a hacerlo en el mismo momento. Esto me ha llevado a situaciones desastrosas. En una ocasión mientras vivía en el Reino Unido decidí vender mi viejo Ford Fiesta español y comprar otro Ford Fiesta inglés un poco más nuevo y con el volante en la derecha. Dicho y hecho. Al día siguiente fui a recoger mi nuevo coche y dejé el viejo sin apenas informarme sobre la gestión del cambio de propietario. Marché tan contenta con mi nuevo cochecito sin sospechar que tardaría más de 3 años en regularizar los papeles… Enviaron mi viejo coche a Mallorca y lo vendieron mientras yo todavía constaba como propietaria y responsable de las multas y otros incidentes que implicaban a ese vehículo. ¡Menudo follón! Después de eso tomé una decisión que a día de hoy sigo respetando: antes de llevar a cabo cualquier decisión importante me espero 3 semanas. Con ese tiempo calmo mi impulsividad y tomo conciencia de cómo hacer las cosas bien. ¿Sigo siendo impaciente? Sí, claro. Pero esperando 3 semanas me he evitado algunos desastres.

Marta, una joven simpatiquísima de 24 años con un leve problema de inmadurez, me decía un día: ”Desde lo que hablamos en la última sesión tengo siempre presente una idea – ¿voy a hacer lo que me apetece o lo que me conviene? – Y sólo siendo consciente de esto me resulta mucho más fácil hacer las cosas que me cuestan tanto, siento que estoy madurando.”
Hay muchas maneras de crear ese diálogo interior que ayuda a renunciar a la parte más impulsiva e infantil de nuestro carácter. No dudéis nunca en buscar ayuda en personas, libros o páginas web que puedan daros ideas, estrategias y motivación. Siempre hay un camino para llegar dónde necesitamos. Y todos los caminos se hacen paso a paso. Se puede ir al supermercado de la esquina o a la cima del Everest y el proceso seguirá siendo el mismo: paso a paso. Y así, paso a paso, llega un momento en que descubres que ya no vives a merced de tus impulsos sino que tus impulsos están a tu merced y cuando quieres disfrutas de ellos, ¡Por qué no!

Por último en el camino de alcanzar la madurez nos queda el paso de SALIR DEL ARMARIO. Esta expresión está asociada a la experiencia de reconocer abiertamente que una persona es homosexual. Yo creo que independientemente de los conflictos de preferencia sexual todos, absolutamente todos, tenemos un tema tabú en nuestras vidas. Algo que escondemos a los demás por vergüenza o por miedo a ser juzgados y rechazados. Un gran complejo. Vivimos nuestro complejo al margen de los demás y eso tiene 2 consecuencias. La primera es que nunca podremos aceptarnos a nosotros mismos si sentimos rechazo o vergüenza de alguna parte de nosotros. La segunda es que siempre nos sentiremos vulnerables al saber que en cualquier momento alguien podría descubrir ese terrible problema, esa cosa tan horrorosa de nosotros, y vivir un momento de malestar tremendo.

Muchas de las personas que acuden a mi consulta sienten vergüenza y complejo por atender a un profesional de la salud mental. Creen que si las personas de su vida cotidiana supieran que reciben tratamiento psicológico, o mucho peor… ¡medicación!, les verían como locos, débiles o tarados. En algún momento del tratamiento les invito a salir del armario. Al principio les sorprende la propuesta y rápidamente sienten la dificultad que conlleva mostrar a los de tu entorno algo que llevas años escondiendo. No sólo estás mostrando algo que consideras negativo o feo, sino que vas a tener que reconocer que has mentido y falseado durante mucho tiempo a personas que pueden ser importantes para ti.

Mi hermana sufrió problemas de bulimia desde su adolescencia. Durante muchos años, décadas, siguió diferentes tratamientos y terapias con más o menos éxito pero siempre viviendo su problema herméticamente. Ponía excusas para no salir cuando se sentía mal con su cuerpo. Evitaba hacer amigos y en las relaciones que establecía a través del trabajo u otras situaciones de vida mantenía siempre una actitud superficial y distante. Era amable pero nunca intimaba realmente para mantener su problema completamente blindado en su interior. Esto no sólo blindaba su gran complejo sino que blindaba también su corazón. Mi hermana vivía una vida extrañamente solitaria porque aunque estaba rodeada de personas que la queríamos y la aceptábamos ella estaba cerrada en sí misma y no podía recibir ese amor. Por suerte o por desgracia mi hermana se separó y esto sacudió toda su vida. La necesidad de compartir se hizo tan obvia que no pudo evitar empezar a hablar de cómo se sentía. Se dio cuenta que su tendencia a aislarse era terriblemente destructiva y reunió el valor de empezar a hablar con sus pocos amigos de su problema de bulimia. Se sorprendió muchísimo al ver la reacción de cariño y aceptación de los demás. Sintió apoyo sincero. Se dio cuenta que eso que para ella era tan vergonzoso como era sufrir un trastorno alimentario, para los demás era simplemente un problema que no le restaba valor ni belleza como persona. Era su propio juicio tan duro y tan negativo el que le hacía avergonzar, los demás la aceptaban igual o incluso más al ver la persona auténtica y real. A partir de ahí se animó a crear el grupo de autoayuda “Guapas y Estupendas” para mujeres con problemas de peso y está pensando en crear un proyecto más grande de apoyo emocional a mujeres que se sientan solas por diferentes circunstancias.

Esconder nuestros complejos nos hace esclavos de ellos. Les damos poder. Poder para destruir nuestro amor propio, nuestra autoestima. Poder para hacernos sentir indignos y no merecedores. Poder para alejarnos de una vida alegre y bonita. A los complejos hay que quitarles poder sacándolos a la luz, compartiéndolos. Todos conocemos la frase con la que empiezan sus intervenciones los miembros de Alcohólicos Anónimos: “Me llamo Menganito y soy alcohólico”. Es necesario reconocer el problema para poder empezar a resolverlo pero también para recibir ayuda, para recibir consuelo y para sentirte aceptado por completo como un ser digno de respeto y de amor a pesar de los defectos y las debilidades. Personalmente yo salí del armario de ser homosexual sin demasiada dificultad en cambio salir del armario de haber sufrido una crisis psicótica a los 29 años fue mucho más duro para mí. Temía que me vieran como alguien peligroso o completamente inestable, alguien a quien es mejor mantener lejos por si acaso. Poco a poco fui compartiendo lo que me ocurrió con los amigos más íntimos y me sentí más querida y arropada que nunca. Perdí el miedo y el prejuicio y ahora no tengo inconveniente en explicar lo que viví para ayudar a personas que lo necesiten. Ahora me siento libre, segura, aceptada. Quien me conoce, conoce quién soy. Quien me quiere, me quiere como soy. Hay que reunir valor para destruir los complejos, cada cual a su ritmo y a su manera. Compartiendo primero con las personas que muestran más comprensión y aceptación. A veces es más fácil empezar compartiendo con desconocidos, como ocurre en los grupos anónimos de autoayuda. Otras, con las personas que sabemos que han pasado por algo similar y tendrán empatía. Otras con los amigos que nos muestran más ternura… Cada uno debe encontrar su propio camino para salir del armario, lo importante es que ese gran complejo sea liberado y ventilado para siempre. ¡Tu también te mereces sentirte aceptado y amado como eres!

Publicado por

Noelia Sánchez Sáez

Médico Psicoterapeuta. Num. Col:34.408

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