Capítulo 3: EL MIEDO: ENEMIGO MORTAL DE LA LIBERTAD

El miedo es la experiencia de sentirse amenazado por un peligro sobre el que no tengo control. Esta experiencia puede ser más o menos severa yendo desde la sensación de inseguridad hasta la crisis de pánico. En la crisis de pánico el cuerpo se dispara en una respuesta de “luchar o huir” (el clásico Flight o Fight en inglés). Los músculos se tensan, el estómago se encoje, el corazón se dispara, la respiración se descontrola y la mente se desborda con pensamientos catastróficos y desesperantes. Es una situación extremadamente angustiosa que sólo comprende de verdad aquel que lo haya vivido. Es muy importante aprender a frenar y desmantelar una crisis de pánico. Calmar la respiración y llevar la mente a una imagen neutra o agradable suele ser la clave para dominar estas crisis y dejar de sufrirlas. Se necesita práctica y constancia. También se necesita aprender a tratarse a uno mismo con ternura.

He observado que las personas que sufren crisis de pánico no saben consolarse. Su diálogo interior cuando se asustan es crítico contra ellos mismos o alarmante, o ambas cosas. La gran mayoría vivieron situaciones de pequeños donde se sintieron terriblemente amenazados y nadie apareció y les habló con seguridad, compasión y empatía. Nadie les atendió ni les consoló. Así que dentro de ellos no existe esa voz que dice: “Tranquilo, no pasa nada. Respira, cálmate y verás que todo va a ir bien”. Por eso buscan desesperadamente que algo de fuera les trasmita esa seguridad, ese consuelo, que ellos no saben trasmitirse a sí mismos. Esa seguridad de fuera puede ser una persona o un fármaco o una botella de agua o cualquier cosa de rescate de la que van a volverse inevitablemente dependientes.

Alexia, una mujer de gran carácter y con un potencial impresionante, se vio frenada durante un tiempo de su vida por los ataques de ansiedad que sufría. Como sentía que su cuerpo era más vulnerable a sufrir esas crisis cuando tenía bajo el nivel de azúcar en sangre llevaba siempre consigo galletitas para comer en cualquier momento de amenaza. Eso le daba seguridad. Eso también le hacía dependiente de las galletitas. Imagino que si alguien le hubiera cogido sus preciadas pastitas le hubiera podido pedir mucho a cambio, muchísimo, porque ya no eran galletas eran SEGURIDAD. ¿Veis el espejismo que se creó Alexia? Dejó de buscar la seguridad dentro de ella (creyendo que no existía) para buscarla en cosas externas. Pero esto nunca es la solución.

Esto es un borracho que está abrazado a una farola mirando al suelo en plena noche. Un hombre que pasa por allí lo observa extrañado y le pregunta:
– ¿Qué está haciendo?
– Busco mis llaves – contesta el borracho.
– ¿Y las perdió aquí? – Dice el hombre
– No. Las perdí en aquel callejón pero allí no hay luz.

Pues eso, que si buscamos la seguridad en algo o alguien de fuera no la vamos a encontrar nunca porque allí no está. Está dentro de nosotros mismos y se llama CONFIANZA. Confiar que esta crisis de ansiedad también acabará como todas las anteriores con una sensación de cansancio y de resaca pero nada más. No perderé la cabeza, no moriré, no haré daño a nadie, ni perderé el control de mis actos. ¿Cómo puedes garantizarlo Noelia? Mejor me lo garantizas tú mismo porque eres el que ha atravesado esa experiencia una y otra vez y nunca ha acabado en esa desgracia que tanto temes, ¿Es así? La ansiedad y el pánico sólo son INCOMODIDAD. En realidad son como un pedo: al principio parece insoportable pero enseguida se desvanece.

No os ofendáis por la comparación. Reconozco que es algo frívola pero tiene mucho de cierto. La ansiedad se crea por una sensación de impotencia: “¡Dios mío no puedo con esto!” o “No voy a soportarlo”. Y una vez instaurada la ansiedad se alimenta del mismo miedo que me sigo repitiendo una y otra vez. Si en vez de pensar NO PUEDO empiezo a pensar PUEDO el miedo pierde fuerza, la ansiedad deja de alimentarse y empieza a sustituirse por una sensación de control que me ayuda a recuperar la seguridad. Chicos, víctimas del pánico, aprended a hacer este proceso. En cuánto os veáis atrapados en una situación de vulnerabilidad donde vuestra mente rápidamente diga “¡NO PUEDO!” deciros internamente: “¡¡Cancelar. Cancelar. Cancelar!!” y empezad a observar lo que SÍ PODEIS HACER. ¿Qué es lo que SÍ puede hacer una persona en medio de una crisis de pánico? ¿Tranquilizarse? No, si lo pudiera hacer ya no estaría en pánico. Obvio. ¿Creer que no pasa nada? Tampoco, no te estás muriendo ni volviéndote loco pero estás teniendo una crisis de pánico, así que algo muy desagradable está pasando. ¿Pedir ayuda? Sí, pero buscar rescate no me ayudará a acabar con mis miedos. Es mucho mejor aprender a superarlos y acabar con este tormento que limita mi vida.

Vamos otra vez. ¿Qué es lo que SÍ PUEDO hacer en medio de una crisis de pánico? Puedo RESPIRAR. Aunque tenga la sensación de que mi respiración está descontrolada en realidad yo puedo controlar mi respiración. Puedo respirar más rápido o más lento. Incluso taparme la nariz y dejar de respirar. Para aquellos que el pánico os haga sentir que os estáis ahogando es muy recomendable que probéis esto: aguantad la respiración tanto como podáis. Vais a descubrir que vuestro cuerpo lucha por respirar y no piensa dejar de hacerlo aunque esa sea vuestra impresión. Una cosa es la realidad y otra muy diferente es la impresión (sobre todo si está teñida por el miedo). En medio del pánico podéis respirar. Mejor aún, sois dueños de vuestra respiración. Podéis hacerla lo más lenta posible. Imaginad que vuestra respiración es una ola en un mar tranquilo que va al tomar aire y vuelve al dejar marchar el aire. Imaginad que esta ola cada vez va más lenta. Es la ola más lenta que has visto nunca y está sincronizada con tu respiración. Tu respiración es más lenta que nunca. Respirar lento… eso sí puedes hacer.

También puedes mover tus dedos. En medio de una crisis de pánico puede que te sientas bloqueado físicamente, como un bloque de hielo. Pero siempre vas a poder mover las puntas de los dedos. Quizás no te sientas capaz de mover todo el cuerpo pero la punta de los dedos de las manos puedes moverlas seguro. Compruébalo la próxima vez. Mueve la punta de los dedos de una mano, todas juntas como si fueras Billy el Niño a punto de sacar el revólver. Toma conciencia de que tienes control sobre esa parte de tu cuerpo. Y Toma conciencia de que eso te da un poco de seguridad. ¿Puedes cerrar la mano entonces? Seguro que sí. ¿Puedes mover un poco el brazo? Seguro que sí. Si cierro las manos y muevo un poco mis brazos ya no soy un bloque de hielo. Ya me parezco más a un click de famobil. Y si soy capaz de levantar un pie y doblar la rodilla (sin dar ningún paso, sólo doblar la rodilla) ya no soy un Click de famobil ya empiezo a ser persona. Y si puedo moverme en el sitio que estoy, mover ligeramente los brazos y levantar ligeramente un pie u otro, ¿Qué está sucediendo? Que estoy teniendo control sobre mi cuerpo. Estoy recuperando mi VOLUNTAD. Tengo la voluntad de moverme y lo hago: mi cuerpo ha respondido a mi voluntad aun estando angustiado. Puedo dar un paso en la dirección que yo quiera, aun estando angustiado. Puedo avanzar un segundo paso o rascarme el sobaco si quiero aun estando angustiado.

En medio de una crisis de pánico siempre podéis respirar muy lento y poquito a poquito recuperar la voluntad sobre vuestro cuerpo. No conozco a nadie que no pueda hacerlo. ¿Haciendo esto marchará la ansiedad y la incomodidad? No, seguiréis angustiados pero marchará la DESESPERACIÓN, la sensación de pánico, y la crisis empezará a ceder. Sin desesperación viviréis la incomodidad de esa ansiedad con serenidad y control hasta que desaparezca por completo en unos minutos. ¡Pruébalo!

Hay una forma de crisis de ansiedad que yo llamo ANGUSTIA MENTAL. En este caso el problema principal no es el bloqueo del cuerpo si no el bloqueo de la mente que entra en un circuito de pensamientos catastróficos, de miedos terribles, que llegan a colapsarla por completo. “¿Y si tengo cáncer? ¿Y si me han contagiado algo mortal? ¿Y si me muero mientras duermo? ¿Y si un día cojo un cuchillo y hago daño a un ser querido? ¿Y si pierdo el juicio por completo? ¿Y si soy homosexual? ¿Y si hay una catástrofe mundial? ¿Y si pasa esto? ¿Y si pasa lo otro…?” Es un no parar. Es tan sumamente desagradable como el pánico pero aquí lo importante a aprender es a CALMAR LA MENTE. No importa si el miedo que me ocupa es real o no. Lo que importa es el tono con el que me estoy hablando a mí mismo. La angustia mental es radical y tirana, habla con dureza, castigo y alarma. Es como tener a un enemigo en el cerebro. Asustándote, amenazándote, alarmándote, torturándote.

He observado que la mayoría de personas que sufren crisis de angustia mental han sufrido un episodio de gran desgaste mental (o moral) o de una gran preocupación concreta, una angustia, durante un tiempo largo hasta que finalmente su mente se ha colapsado y entra en crisis a la mínima amenaza, incluso si esa amenaza es absurda o irracional. Salta un resorte que empieza a “ametrallar” con esos miedos y amenazas catastróficas. ¿Cómo se deja de escuchar a la mente angustiada? No es fácil. Muchos conoceréis ese ejercicio en el que te piden que durante 1 minuto no pienses en un elefante rosa. Automáticamente a todos nos viene la imagen mental de un elefante rosa. Lo mismo ocurre cuando te dicen que no te pongas rojo o que te pongas más natural antes de hacer la foto. Siempre provocamos el efecto contrario. Sabiendo esto, no tiene sentido intentar NO PENSAR. Eso no es posible. Pero puedo llevar mi pensamiento a otro lugar, a otra sensación o a otro tono que se lleve la desesperación y la angustia. Una imagen muy potente es imaginar que una fuente de agua pura (o de luz blanca) me cae encima suavemente y se lleva todo el malestar que hay en mi mente y en mi cuerpo. Como una ducha imaginaria que me va limpiando y relajando. Estar un rato imaginando esa limpieza tiene un efecto de calma asegurado. Conforme la desesperación y la angustia van desapareciendo el poder de esos pensamientos va disminuyendo también, puedo apartarlos un poco y continuar con lo que estoy haciendo. ¡Atención! He dicho “apartarlos un poco” no he dicho que hayan desaparecido del todo, siguen ahí pero al tener menos fuerza puedo dejarlos a un lado y enfocarme en mi vida y en lo que estaba haciendo o lo que tengo que hacer. Para que tenga efecto este ejercicio hay que poner una intención real, hacerlo a conciencia y durante el rato necesario hasta sentir que algo en el interior se va relajando. Si no me concentro de verdad o no mantengo esta imagen en mi mente el tiempo suficiente no funcionará.

Patricia, una joven de 22 años limitada por el miedo a salir fuera de su zona de seguridad, ya domina sus crisis de ansiedad y se siente capaz de desmantelarlas. El trabajo que ha hecho ha sido darse la libertad de escoger si prefiere huir o quedarse en el sitio a superar su miedo. Cuando se da la libertad de escoger siente que la tensión desaparece y recupera su confianza. Para calmar su angustia mental usa un diálogo interno comprensivo y paciente y, si lo necesita, imagina que le cae un depósito de agua fría encima que la saca de su bloqueo mental en un santiamén (¡esta es su propia versión de la ducha imaginaria!)
En cuanto gestionéis una crisis de pánico o de angustia mental con éxito, en cuanto descubráis que podéis frenarlas y desmantelarlas ya no tendréis tanto miedo de que vuelvan. Podréis arriesgaros a hacer aquellas cosas que no os atrevíais a hacer por si tenías una crisis porque ahora ya sabéis atravesarlas. Con cada éxito sentiréis más seguridad y contra más seguridad más sensación de libertad.

La libertad es un gran antídoto contra el miedo. Pensar que por fin podré ir a París me da fuerzas para superar el miedo volar. Saber que ya no tendré que aguantar la tiranía de mi jefe me da fuerzas para superar el miedo a cambiar de trabajo. La libertad y el miedo son enemigos mortales. Uno anula al otro y al final o vivimos en nuestra propia prisión de miedos o somos valientes y nos liberamos.

Al principio de tener mi consulta atendí a un hombre joven que quería perder el miedo a volar. Por motivos de trabajo tenía que viajar de Barcelona a Madrid cada semana y estaba harto de ir en tren. No acababa de creer que hubiera tratamiento para ese miedo y cuando le dije que probablemente podríamos solucionar el tema en 10 sesiones me dijo: “Entonces, ¿si sigo este tratamiento en 10 semanas podré coger un avión?”, “Muy probablemente, sí” le dije yo. “Pues no me interesa. ¡No quiero volar! ¡No quiero morir en un avión!” Y ahí acabó la visita. Somos libres de escoger si queremos liberarnos de nuestros miedos o no.

De todas maneras el pánico y la angustia mental no son los miedos más frecuentes. La timidez, la vergüenza, la inseguridad son formas más corrientes de miedo que casi todos hemos experimentado alguna vez.
Carmen es una mujer muy tímida a quien le encantaba la moda. Tenía al lado de casa una boutique que ella adora pero su dependienta es de esas que están encima de ti diciendo: “Uy, te queda monísimo. ¡Te lo tienes que quedar!”. A Carmen le daba tanto apuro decirle que no, que siempre acababa comprándose lo que decía la dependienta y llegando a casa con una bolsa llena de prendas que no quería y una gran frustración encima. Dejó de entrar en la boutique pero quiso solucionar su problema de inseguridad porque situaciones similares le ocurrían en otros ámbitos de su vida.

El tímido o vergonzoso tiene miedo al rechazo social. Cree que cualquier fallo o defecto va a ser suficiente para que los demás se alejen, lo rechacen o lo humillen. Se ve a sí mismo con unos ojos muy duros. Dentro de un tímido suele haber una niña que quiere ser la reina del baile o un niño que quiere ser el capitán del equipo. Por decirlo de alguna manera. Les gustaría poder mostrar toda su belleza, su grandeza y su capacidad y asombrar al mundo. Pero tienen también la voz del Villano diciéndoles que no están a la altura y que no son merecedores.
El miedo al rechazo social se puede vencer desde la HUMILDAD. Desde la humildad puedo reconocer que necesito el aprecio de los demás, que soy muy sensible a la crítica y al rechazo. Puedo reconocer que yo mismo me critico y me rechazo con dureza. Puedo reconocer que me cuesta aceptar mis defectos porque soy ambicioso y quiero ser de los mejores. Y cuando no lo consigo me siento tan mal que preferiría desaparecer, dejar de existir. El tímido debe aprender a ser humilde. ¿Qué pasa si soy el que peor canta en el Karaoke? ¿Y qué si soy el más gordete del grupo?

Una tarde después de una barbacoa con amigas nos animamos a jugar un partido de fútbol entre nosotras. Yo puse toda la pasión que pude corriendo arriba y abajo pero no toqué la pelota ni por casualidad. Al acabar el partido una amiga me dijo: “¡Menos mal que estabas tú porque si no habría sido yo la peor jugando a fútbol!” Al menos hice sentir bien a alguien… ¿Quién quiere ser el peor grupo? Nos debería dar igual porque en una cosa seré yo y en otra cosa serás tú. El tímido quiere unas garantías que nunca se pueden dar. Y además no sabe reírse de sus defectos, humanizarlos. El sentido del humor es una gran herramienta que nos ayuda a aceptarnos y a mostrarnos a los demás sin miedo. Dejar que los demás se rían de nosotros con cariño es una buena manera de ganar la humildad que nos ayudará a ser menos vergonzosos.

Otro miedo corriente es la inseguridad o el miedo a equivocarse. ¿Y si lo hago mal…? ¿Y si me equivoco…? ¿Y si me arrepiento…? No tengo sensación de certeza sobre lo que voy a hacer así que mejor no lo hago. Que yo sepa nadie ha muerto de arrepentimiento. En todo caso cuando nos equivocamos aprendemos, así que nunca pierdo si me arriesgo. Vivir será siempre más ventajoso que no vivir. Hacer será siempre más enriquecedor que no hacer. Equivocarse será siempre más útil que no haberlo intentado. No hace falta esperar a estar seguro para pasar a la acción. De hecho PASAR A LA ACCIÓN es lo que se necesita para estar seguro. ¿Cómo se consigue tener seguridad para conducir? Obviamente, conduciendo. ¿Cuántos padres llevan a sus hijos a clases de natación ya de bien pequeños para que éstos tengan seguridad en el agua y no se ahoguen de mayores? Un montón. Algunas veces los llevan llorando todo el curso porque al niño no le gusta el agua. Pero los padres saben que es muy importante que ellos aprendan a nadar aunque lo pasen mal. La seguridad es una conquista. Y como tal requiere de una combinación de VALOR, ENSAYO y TOLERANCIA A LA INCOMODIDAD. Quien no quiera pasarlo mal ya puede retirarse. Quien se anime a “currárselo” un poquito ya tiene medio camino hecho. No hay nada más satisfactorio en la Vida que superar un reto. La sensación de logro alimenta nuestra autoestima y da fuerza a nuestro corazón para seguir avanzando.

Cuando entré de residente de psiquiatría en el Reino Unido sentía pánico de hablar en público. A pesar de llevar un año viviendo allí mi inglés era terrible porque nunca se me han dado bien los idiomas. Según el programa de formación todos los residentes debíamos presentar un caso clínico ante el departamento de psiquiatría al completo un par de veces al año. Estaba tan asustada de ver que no sería capaz de hablar en público ante todos esos médicos que decidí presentarme voluntaria a las pequeñas presentaciones que hacíamos en las clases de semanales de tutoría. En esas clases sólo estábamos los jóvenes residentes y a casi nadie le apetecía presentar los casos o los artículos a comentar, así que siempre que podía me presentaba voluntaria y me servía para practicar en “petit comité”. Gracias a esas pequeñas presentaciones pude ensayar, coger confianza y sentirme mucho más segura para las otras presentaciones que eran más difíciles y más importantes. Y tengo que confesar que no me fueron tan mal.

La seguridad es como el músculo bíceps del brazo, todo el mundo lo tiene pero unos lo ejercitan más que otros y por eso lo tienen más desarrollado. Cualquiera puede ejercitar sus brazos y en pocos meses ponerse “cachas”. La seguridad es exactamente igual, podemos ponernos “cachas” interiormente si nos ejercitamos durante el tiempo necesario. Insisto: ¡Pruébalo!

Publicado por

Noelia Sánchez Sáez

Médico Psicoterapeuta. Num. Col:34.408

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