Capítulo 5: LOS PATRONES NEGATIVOS

¿Cuántas veces hemos detectado que cometemos los mismos errores una y otra vez? Me quejo de haber tenido una pareja dominante y la siguiente que tengo es igual o peor. Me propongo no perder el control delante de los hijos y vuelvo a hacerlo. Me prometo que no me dejaré influenciar por mi madre o por otra persona y lo hago de nuevo. Me juro y perjuro que voy a seguir una dieta o dejar un hábito insano y vuelvo a caer.  ¿Cómo puede ser que no consiga hacer algo importante que deseo y que es bueno para mí? ¿Cómo puede ser que de una forma u otra vuelva siempre a la misma situación que estaba y que no quería?

Cuando esto ocurre hay que pensar que podemos estar fijados en un patrón inconsciente negativo. Estos patrones son como guiones de vida que no sabemos que seguimos pero que en realidad lo hacemos por un motivo importante pero desconocido.

Montse es una mujer joven muy inteligente y atractiva, con un gran poder sexual. Un día llegó a la consulta  con un libro sobre estereotipos de mujeres y me dijo entusiasmada: “Ya sé quien soy! ¡Soy Atenea la diosa guerrera que conquista los hombres más difíciles y una vez los ha conquistado ya no los quiere!” Su vida sentimental era una larga lista de historias intensas con encuentros fugaces super-románticos, broncas descomunales, reconciliaciones apasionadas, discusiones, celos, enganches,…  Según avanzamos en la terapia ella había cambiado muchas actitudes insanas de dominación, manipulación y dependencia por actitudes mucho más maduras y sanas de amar, confiar  y compartir con sus parejas. Aún así dentro de sí misma continuaba habiendo ese impulso dominante y poderoso de la mujer que necesita el control total de la situación. Ese era su patrón negativo, el patrón del control sobre las personas.

Los patrones negativos los detectamos con el paso del tiempo cuando vemos que no es lógico no haber mejorado o avanzado después de los cambios de vida o de los intentos probados, o cuando nos encontramos en situaciones similares una y otra vez.

Matilde es una mujer de más de 50 años que vino a mi consulta porque se sentía deprimida. Entre otras cosas me explicó que no tenía ningún amigo o amiga, ni una sola amistad. Ese único dato nos revela un patrón de soledad. No es nada fácil llegar a esa edad y no haber hecho un solo amigo (de la infancia, del colegio, del trabajo, del barrio, de los padres de los amiguitos de tus hijos,… ) Aquí había mucho esfuerzo puesto en romper vínculos o en no crearlos, de otra manera alguna que otra amistad habría florecido en algún punto de su vida.

Podemos llegar a pensar que somos víctimas de las situaciones. Por ejemplo Matilde creía que había tenido mala suerte por no tener amigos pero lo que no veía era que con los hombres era desconfiada y con las mujeres era tan competitiva que sólo sabía compararse y rivalizar. De esa manera nunca veía a nadie suficientemente bueno o agradable para relacionarse y era esa actitud la que no le permitía ser amable, cercana y hacer amistades.

Desde nuestros patrones negativos construimos, sin saberlo, la mayor parte de los problemas y adversidades que vivimos. Y lo hacemos de dos maneras diferentes: O bien creamos patrones negativos desde el AMOR, o bien los creamos desde la MALA CONCIENCIA.

¿Parece una incoherencia crear patrones negativos desde el amor, verdad? Yo les llamo Patrones de “Yo seré como…” Cuando somos niños pequeños lo que más necesitamos  en la vida es amor y lo que más nos llena es amar. Amamos a nuestros padres, a nuestros abuelos y a nuestros hermanos. No a todos por igual, por descontado. Pero hay personas en nuestras vidas a quienes amamos tanto que nos gustaría darles todo nuestro amor y estar siempre bien cerca de ellos. Imaginad un niño pequeño que dice: “Yo de mayor quiero ser policía como mi papá” Este niño nos está mostrando que quiere mucho a su papá, que lo admira, que quiere estar cerca de él y siendo policía como él estará más cerca de él. Si de más mayor tiene conflictos con su padre no querrá parecerse a él en nada de nada. Como niños a veces nos sentimos apenados por la falta de amor, apoyo, felicidad de alguien que queremos e inconscientemente decimos: “Yo de mayor seré una mujer sufridora como mi mamá” “Yo de mayor seré alcohólico como mi papá”. Esto es TOTALMENTE INCONSCIENTE porque conscientemente nadie escogería un camino de vida tan negativo pero ocurre, y muy a menudo. Hay una manera muy sencilla de detectar si tengo en mí un patrón negativo por amor. Es tan fácil como preguntarse:

– ¿Mis problemas o mi situación es similar al que ha vivido o vive mi padre, mi madre o alguien a quien yo quiero mucho?

– ¿Siento tristeza porque esa persona no pueda ser feliz?

– ¿Siento que no estoy tan cerca, que no le doy tanto amor, como me gustaría darle? (es decir, si muriera hoy mismo sentiría que no le he dado tanto amor como tenía en mi corazón para él o ella)

Si la respuesta a estas preguntas es SÍ, estamos ante un patrón negativo por amor a esa persona tan especial o importante para ti (aunque no  creas que lo es). Repitiendo su historia estás más cerca de ella aun siendo perjudicial para ti, ese es el espíritu de sacrificio del ser humano.

La manera de resolver estos patrones negativos por amor es reconocer que necesito hacer más o mejor con esa persona importante. Siento que debería visitarle más, o ser más amorosa, o darle un trato más bonito. De alguna manera mi corazón siente que la relación no es tan amorosa o digna. Cada uno sabemos dentro de nosotros mismos que es lo que podríamos estar haciendo mejor. En el momento en que mejoro esa relación el patrón negativo deja de alimentarse interiormente porque ya no es necesario.

Amaya detectó a muy temprana edad que sus padres tenían problemas de pareja. A pesar de los esfuerzos de sus padres por aparentar tranquilidad y normalidad, ella intuyó las infidelidades del padre y las tensiones, desconfianzas y crisis que fueron viviendo el matrimonio durante muchos años. Amaya no tenía una relación especialmente buena con su madre. Por una parte sentía mucha pena por ella y por la vida que había tenido con una pareja infiel y nada considerada. Por otra parte la culpaba de ser sumisa y pasiva y de haberse resignado a una vida infeliz en vez de separarse y mejorar su destino. Curiosamente Amaya solo había tenido relaciones con hombres casados o comprometidos. Ella se extrañaba de esa coincidencia hasta que sospechó que eso debía ser un patrón negativo. Al hacerle esas tres preguntas contestó que su situación era similar a la de su madre, teniendo que tolerar que hubiera otra mujer siempre en escena. Que sentía mucha tristeza porque su madre no hubiera tenido un matrimonio feliz. Y que su relación con su madre era muy pobre porque ella siempre la evitaba. Amaya se comprometió a ser menos arisca con su madre y desde el reconocer que tenía mucho más amor para dar a su madre del que le estaba dando, aceptó el reto de mostrar ese amor escuchando a su madre con más interés y dejando de juzgarla por como gestionó su vida. Al tiempo que empezó a hacer estos cambios la vida sentimental de Amaya sufrió una especie de terremoto inesperado que le dejó en la encrucijada de escoger entre defender su relación con un hombre casado que no le daba garantías de dejar a su esposa o soltar la relación y dejar espacio para otra oportunidad nueva y mejor. Sorprendentemente para ella le resultó mucho más fácil de lo que pensaba dejar marchar a este hombre casado.

Cuando la persona con la que debemos mejorar la relación ya no vive, este trabajo puede hacerse también pero otra manera. Aquí lo más importante es RECONOCER con sinceridad y humildad lo que podría haber hecho mejor. Podemos escribir una carta a esa persona que ya no está diciéndole “Me hubiera gustado….”  Por ejemplo: Me hubiera gustado tener más paciencia contigo, no juzgarte tan duramente. Me hubiera gustado pasar más tiempo contigo. Me hubiera gustado abrazarte y decirte que te quiero, porque no lo hice suficiente. Me hubiera gustado trasmitirte más cariño… Y acabar la carta con una frase: “Desde aquí te envío todo el amor que tenía para ti y que no supe o no pude darte en vida.

El otro tipo de patrones negativos se generan por la MALA CONCIENCIA. Son los que yo llamo Patrones de Autocondena. Estos patrones son muy destructivos, autosaboteadores y castigadores. Nos fastidian la vida porque no nos dejan avanzar con nuestros planes. Cuando busco tratamiento nada me ayuda, ni las terapias, ni los fármacos, ni las cosas que parecen funcionar para las demás personas.

Mireia vino a mi consulta recomendada por una amiga para tratar un problema de ataques de ansiedad. Llevaba unos años sufriendo ataques muy angustiantes de ansiedad donde temía morir repentinamente y dejar solos a sus dos hijos. Utilizamos varias estrategias para gestionar esas crisis y siempre empezaba mejorando pero después de unos días volvía a empeorar. Era muy sospechoso ver como Mireia no utilizaba las cosas que aprendía aun sabiendo por experiencia propia  que le ayudaban. Eso me hizo sospechar que había un patrón negativo detrás de este problema de ansiedad. Investigando sobre esta posibilidad Mireia me contó que su marido era un hombre muy dependiente de su madre. Ella, como esposa amable, dulce y dócil, no se oponía a la relación de su marido con su propia madre pero estaba tan harta de su suegra… Estaba harta de ir todos los domingos a comer a su casa y pasar la tarde, estaba harta de que le quitara autoridad delante de sus hijos, estaba harta de que criticara todo lo que ella hacía, estaba harta de ver a su marido sometido a ella, estaba harta de no poder hacer planes para ir fuera los fines de semana porque la prioridad era ir a verla… Estaba tan harta que a veces se le había pasado por la cabeza el deseo de que su suegra muriera un día de repente y dejara libre a su hijo para vivir su vida. Este pensamiento era tan feo para Mireia que no lo comentó a nadie. Cuando yo le pregunté si alguna vez había deseado la muerte repentina de alguien confesó que a veces se le cruzaba por la mente esa idea y se sentía muy mal por ello, le parecía terrible.

Cuando se nos pasa un deseo mezquino por la mente o por el corazón nuestra propia conciencia nos lo devuelve como un bumerang: “¿Qué clase de persona desea algo así? ¡Pues ahora mereces que te pase a ti!” De esta manera nos autocondenamos a lo que habíamos deseado contra el otro. Mireia estaba perseguida por su propia idea de “morir repentinamente y dejar a sus hijos solos”. Cuando pudimos hablar abiertamente de este deseo se permitió aceptar esos pensamientos como algo comprensible dado que estaba tan llena de frustración y de impotencia. Pudo reconocer que no había una voluntad real de desearle la muerte a su suegra sino una grandísima necesidad de dejar de tener una vida familiar sometida a ella. Al poder hablar de todo esto Mireia dejó de tener miedo a morir y comenzó a trabajar con su marido unos pequeños cambios para poner algún límite a su suegra  y tener algún fin de semana para la familia sin ella.

Hay muchísimos pensamientos mezquinos que nos pueden autocondenar. Sólo tenemos que pensar en alguien que nos parezca mala persona, en alguien a quien tenemos rencor, en alguien a quien nos costaría mucho perdonar y pensar: ¿Qué es lo peor que le he deseado a esa persona?  Es muy curioso ver como la mayoría de personas hipocondríacas su deseo más mezquino es que alguien sufra de una enfermedad terrible. Otras personas desean la soledad o el rechazo más absoluto. Otras la humillación pública (que todo el mundo vea lo peor de esa persona y se muera de la vergüenza). Otras que ningún proyecto les salga bien. Otras que su pareja rompa brutalmente… Podemos ser muy buenos deseando el mal ajeno y no sabemos que cuando nuestra  fantasía nos resulta demasiado cruel nuestra conciencia se activa y nos da una colleja devolviéndonos nuestra propia amenaza.

Conchi tenía una relación terrible con su madre. Su padre había muerto cuando ella era una niña y la madre se había visto desbordada intentando levantar una familia de 5 hijos. No pudo atender a ningún hijo adecuadamente y en la familia prácticamente no había vínculos afectivos.  Lo que más fastidiaba a Conchi era ver como sus hermanos se preocupaban por cuidar y atender a su madre. Para Conchi su madre no merecía el amor de sus hijos ni de nadie y en secreto su deseo era que su madre se quedara tan sola en la vida como ella se había sentido de pequeña. Curiosamente Conchi nunca había tenido pareja, prácticamente no tenía amigos (solo dos amigas de un antiguo trabajo a quienes veía una o dos veces al año) y vivía sola. Estaba viviendo en sí misma el deseo de soledad que albergaba en su corazón contra su madre.

Es bastante chocante darse cuenta de este fenómeno. Nos da una pista de cómo funciona el orden de la Vida (de lo que hablaremos más adelante) donde cada persona crea desde su interior, y desde la mala conciencia creamos nuestros peores castigos. Cuando reconozco mis deseos mezquinos, cuando los comparto con alguien de confianza o con un profesional, dejan de tener ese poder negativo porque podemos trabajar lo que hay detrás de ese deseo mezquino. Siempre habrá algo importante que debo resolver: una herida, un miedo, una injusticia, una necesidad no atendida… Al hablarlo y reconocer TODA la situación que viví empiezo a sanar o corregir lo que no fue bien y el deseo de venganza o de castigo desaparece.

En los trastornos de alimentación, las adicciones y los hábitos destructivos suele haber patrones de autocondena, así que siempre es interesante investigar en esas personas sobre sus deseos mezquinos, aquellos que no han confesado nunca a nadie. Los adolescentes enfadados muchas veces dicen cosas a sus padres como: “¡Ojalá te mueras!” o “¡Ojalá me muriera y así ya no me amargarías más!” Cosas de este estilo. Parece que eso pueda ser lo peor que puede albergar un corazón o una mente adolescente enfadada pero en realidad estos pensamientos al haber sido expresados no van a dar problemas. Los que no llegamos a decir porque nos parecen más fuertes, tan fuertes que nos da grima hasta verbalizarlos, esos son los problemáticos: Ojalá mi madre tenga un cáncer como la madre de Aina y se muera y me deje tranquila. Esto generaría un autocastigo importante. Puede ser que pase por la mente sólo 2 segundos pero es tan fuerte que me hace sentir despiadada y mi mala conciencia se activa.

Otro tipo de pensamientos que nos hacen sentir mala conciencia son los que se generan en algunas madres los primeros días después de dar a luz: “¿Y si meto a mi bebé en la olla? ¿O lo ahogo en la bañera? ¿O lo tiro por la ventana?” Fuerte, ¿verdad? Pues estos pensamientos ocurren en un 25% de las mamás en las primeras semanas de tener un bebé. No son deseos reales, no hablan de la voluntad de la madre, son pensamientos intrusivos fruto del estrés fisiológico del parto, el cambio hormonal después del parto y el estrés emocional de ser madre. Cuando una madre tiene una idea así se encoge de miedo y de culpa dentro de sí misma pensando “¡Dios mío soy un monstruo! Si alguien se entera de lo que acaba de pasar por mi mente me quita al bebé” y casi nunca suelen confesar esto a nadie por miedo, por vergüenza y por culpa. Los psiquiatras estamos al corriente y preguntamos sobre este tipo de pensamientos a las recién mamás que quedan sorprendidas y aliviadas al saber que es habitual y nada peligroso.  Estos pensamientos desaparecen por sí mismos al cabo de unos días o semanas y no suelen dejar secuelas. Pero sí es cierto que si como madre me siento sobrepasada por las tareas y presiones de cuidar de los hijos puedo tener algún pensamiento mezquino sobre librarme de ellos y éstos sí podrían generar algún patrón de autocondena.

Publicado por

Noelia Sánchez Sáez

Médico Psicoterapeuta. Num. Col:34.408

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